NOTICIES DEL SANT ISIDRE
PROMEDITERRÀNIA
2000
El transport marítim
de cabotatge a la Mediterrània
II Jornades de Marina Tradicional
Palamós, 15 i 16 de desembre de
2000
CÀTEDRA D'ESTUDIS MARÍTIMS
UNIVERSITAT DE GIRONA I
AJUNTAMENT DE PALAMÓS
L'ESTROP
Associació de la
Costa Brava per al Patrimoni Marítim
PRESENTACIÓ
Les primeres jornades de marina tradicional es dedicaren a la vela llatina i se celebraren a Palamós sota el lema PROMEDITERRÀNIA 98. Foren organitzades per l'Estrop, Associació de la Costa Brav per al Patrimoni Marítim i l'Ajuntament de Palamós a través del Museu de la Pesca.
En aquells moments ens constava la necessitat de treballar per fomentar en la societat catalana una consciència de poble mariner i mediterrani.La dependència envers la mar i el comerç marítim a Catalunya ha estat minsa i per tant, segurament, ha arrelat poc en la cultura i tradició marineres, les quals tampoc es conserven vives ni han rebut el tractament que es mereixen.
Avui, arreu del món, l'interès per la cultura i la tradició marineres més populars creix sense parar. A Catalunya ens comencem a moure en aquest sentit i l'Estrop i la Càtedra d'Estudis Marítims volen contribuir, amb els seus plantejaments i amb el suport d'una base social considerable, a mitigar aquest andarreriment per posar la cultura de la gent del mar al seu lloc,.
Promediterrània 98 va constituir-se en un fòrum en el qual, des de la Costa Brava, es volien tractar temes que tenen un passat però també un futur de tradició marítima. En aquella ocasió, en format congrés, més de cinquanta especialistes i persones interessades en el tema de la vela llatina es trobaren a Palamós per parlar del que significava la navegació més genuïnament mediterrània.
Enguany, la segona edició de Promediterrània vol aplegar especialistes sobre la navegació de cabotatge, fent especial atenció al que va significar fins als anys cinquanta aquest sistema de transport marítim per a les poblacions del litoral.
QUÈ PROPOSEM?
L'objectiu de les segones jornades de marina tradicional és presentar, des de diversos punts de vista, una part del fet marítim mediterrani com és la navegació comercial al llarg de la costa i debatre la importància que ha tingut i pot tenir el cabotatge als municipis del litoral, especialment la Costa Brava.QUI HO FARÀ?Aquesta trobada que es durà a terme cada dos anys vol consolidar-se com una plataforma de comunicació entre els investigadors, les entitats i institucions i la societat respecte al patrimoni marítim.
La navegació de cabotatge fou un sistema de transport comú a les nostres costes fins a la dècada dels cinquanta. La gent que en fou protagonista, les seves expriències i els estudis d'historiadors, economistes i antropòlegs s'uniran per tal de donar a conèixer aquella realitat i el que d'allò n'ha quedat.
Sense oblidar que "el mar és el mitjà més utilitzat en les relacions comercials entre estats" (E. Boet Serra).
Amb el cabotatge, de port a port, al llarg dels segles, s'han establert relacions comercials d'intercanvi entre tots els pobles de la Mediterrània.
A través de ponències i taules rodones es contemplaran els diversos àmbits que aquest tipus de navegació suggereix:
El cabotatge als Països Catalans. Les rutes Els vaixells i els seus aparells Mercaderies i ports Auge i decadència del sistema. Exemples de vigència Economia del transport La vida a bord. Vivències i anècdotes
Aquestes jornades són una iniciativa de L'Estrop - Associació de la Costa Brava per al Patrimoni Marítim- i La Càtedra d'Estudis Marítims -creada recentment per la Universitat de Girona i l'Ajuntament de Palamós.Amb la col.laboració del Centre de Promoció de la Cultura Popular i Tradicional del Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya, l'Ajuntament de Palamós, el Museu Marítim de Barcelona/la Mar de Museus -museus marítims de la costa catalana-, l'Associació Cultural Amics del Cau de la Costa Brava-Museu de la Pesca i la Cofradia de Pescadors de Palamós.
Amb el patrocini de Caixa Laietana.
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UNA EXPERIÈNCIA PERSONAL AL SANT ISIDREExtret de Mar Viva
La primera impresión que tuve al ver el San Isidre fue: "Menuda carraca.Vaya viento que tiene que haber para que "ésto" se mueva". Si el barco se incomodó por mi manifiesto escepticismo no dio muestras de ello, siguió flotando tranquilamente como si la cosa no fuera con él. Aquél día estábamos Clara, Jordi y yo de inspección por el puerto de Mataró. Habíamos quedado con una parejita para dar una vuelta en su velero y fuimos a coincidir con un encuentro de embarcaciones de vela latina. Un servidor, que no había visto la vela latina más que en los tebeos del Príncipe Valiente (vaya, ya me he delatado de nuevo) alucinó en colores, literalmente, ante los barcos abarloados al muelle. Ciertamente competían en belleza, pero no acababa yo de verlos como barcos que reunieran unas grandes condiciones marineras, al lado, claro está, de los veleros modernos con vela marconi. (...) La flota abarloada al muelle, el Sant Isidre aparte.
El San Isidre era el buque insignia de aquella anacrónica escuadra
rescatada de otros tiempos. Un magnífico barco de madera de entre
quince y veinte metros de eslora, impecable, muy bien cuidado, precioso
de bonito. Fui fijándome en los detalles: el mástil, tan
adelantado que casi parecía que se iba a caer de un momento a otro;
la falta de obenques, sustituídos por un
complejo entramado de burdas; la inmensa percha, que descansaba paralela
a la cubierta; la pala del timón, un plano de madera enorme y totalmente
exterior; las cornamusas, iguales que las empleadas en los pesqueros del
Cantábrico... Lo vuelvo a decir, el barco me cautivaba pero... no
sé... que no le veía yo que pudiera navegar mucho. No obstante,
aquél día íbamos con el tiempo un pelín justo
y no nos detuvimos demasiado, simplemente le echamos un vistazo y fuimos
recorriendo el muelle mirando de vez en cuando a alguno de los otros barcos.
Se suponía que aquél día había regata y pensamos que sería bonito verla desde la mar, así que embarcamos en un crucerito estilo inglés muy bonito y zarpamos. Mientras, vimos como la flota de regata iba saliendo del puerto. ¿Adónde? me preguntaba yo. No veía las clásicas balizas de regata por ninguna parte, ni tampoco al barco del comité. Para terminar el desconcierto la flota salió y se dispersó inmediatamente. Fíjense como estaba la cosa que llegué a pensar si la regata no sería como esas carreras de caracoles en las que se ponen a los competidores en el centro de un círculo y gana el primero que sale del mismo... Bueno, ¿qué le íbamos a hacer? Nosotros seguimos disfrutando de nuestra travesía y al volver a puerto nos enteramos de la razón.
El club no se había creído éso de que había una regata de vela latina (además, ¿qué rayos es eso de la vela latina?) y ni siquiera había sacado las boyas y las zodiac de seguimiento. Al menos ése era el rumor que corría por el puerto. Y toda la flota allí amarrada delante de sus narices. Ja, ja, ja, yo me desternillaba. Algo me habían hablado del festivo ambiente del Mediterráneo pero una cosa es oírlo y otra disfrutarlo, ja ja ja.
El segundo día yo estaba a las 11:30 clavado en el muelle. De Jordi y Clara no había ni rastro. Bueno, tampoco me importaba mucho, en realidad habíamos quedado a las 12:00, lo que pasa es que yo siempre he sido un culo inquieto. La mayoría de las tripulaciones estaban ya terminando de preparar sus barcos. Una de las pocas mujeres que vi en la regata estaba achicando agua con una botella de plástico cortada por la mitad (célebre modelo de achicador muy usado en los círculos, digamos, económicos), otros estaban parcheando una mayor hecha de tela de spinaker y cuyo vivo color rosado no acababa de combinar con la vetustez de la madera (una tontería detallista, sobre todo porque me suena que ganaron en la categoría de siete metros). Y así fui matando el rato. De una cosa sí me aseguré y fue de que esta vez había regata: el barco del comité iba cargado con las boyas reglamentarias del circuito. Lamentablemente se olvidaron de encargar también el viento para el mismo día y soplaba una ventolina muy apta para la Copa América pero un tanto insuficiente para nosotros.
A las 12:10 la gente estaba largando amarras y yo ya empezaba a considerar la idea de echarle morro y embarcar en el San Isidre sin presentación previa cuando aparecieron mis compinches. Clara estaba guapísima, como de costumbre, pero Jordi tenía toda la pinta de haberse pasado la noche intentando digerir, sin éxito, el enorme solomillo que se había trincado la noche anterior en el Nostromo (y es inútil que intentes negarlo J. porque te recuerdo que yo estaba a tu izquierda y lo vi todo).
- Buenos días Germantxu, ¿qué? ¿listo
para la regata?
- ¡Pero qué morro tenéis! ¿No me dijiste
que viniera un poco antes porque la
salida de la regata es a las 13:00?
- ¿Ah sí? ¿Yo te dije eso? Sí bueno,
estooooo... ¿embarcamos?
(...) Con Jordi en la cubierta del Sant Isidre así marcha el mundo... Me presentaron por fin a Kiko, el armador y patrón, un curioso personaje todo pelo largo y sonrisas, con camiseta del barco, como buen skipper. Nos intentamos estrujar la mano mutuamente, pero él me sacó una ligera ventaja, claro que su mano era también el doble de grande que la mía. No tardaría en explicarme la razón. - ¡Venga! ¡Largar amarras... dentro defensas... nos vamos!
Afortunadamente no tuvimos que sacar el barco remando, disponíamos de motor. Casi la única pieza metálica que había en el barco. Además del motor y las bisagras de la pala del timón vi también un mosquetón y el aro que llevaba el puño de amura del foque al extremo del botalón. Y ya no recuerdo más metal. El resto era todo madera. Los cabos eran cabos, nada de mariconadas de kevlar ni espectra, no, no, no, cabo trenzado de ése que mi abuela llama maroma, de 3 cm. de diámetro. Las velas tampoco eran de dacron, ni mylar ni tejidos con nombres chorras. Una señora vela de lona de algodón de las que se venden a kilo, porque señores míos, doy fe de que pesaba lo suyo. Pero, amigo, los puristas son así. Yo, que también a veces no sé si soy inocente o tonto o ambas cosas me acerco a Kiko en plan listillo y voy y le pregunto:
- Oye, y los winches ¿donde los tienes?
- ¿Los qué?
- Estooo, sí perdona, quiero decir los chigres... o los cabrestantes...
¿los molinetes?
A todo ésto Jordi hacía esfuerzos por no soltar la carcajada, mientras los ojos de Kiko, abiertos de par en par, me revelaban claramente que había vuelto a hacer el ridículo.
- No, no, aquí no hay nada de eso. Se hace todo por tracción animal.
Supongo que lo de "animal" se refería a mí, pero encima que me había invitado no iba a ponerme en plan susceptible ¿verdad?
- A ver, 4 voluntarios para izar la mayor.
Después de la plancha de los chigres estaba como loco por demostrar que servía para algo más que para lastre así que salté el primero a por la driza, detrás vinieron, con bastante menos entusiasmo otros dos chavales, y al final Jordi, por aquello de "voy a hacer como que trabajo algo no sea que me echen al agua". A Clara no la volví a ver hasta la salida. En cuanto embarcó se puso a hacer cosas y la perdí de vista. Uno de los voluntarios me sacudió amistosamente el hombro y me tendió la mano.
- Hola me llamo David ¿has navegado antes?
- Encantado yo soy Germantxu. Sí, navego en el Cantábrico
pero en barcos más modernos. Aquí soy completamente novato.
- Te lo digo porque esta vela es un auténtico infierno.
- ¡Ah, qué bien! (sutil ironía, empezábamos
bien)
- ¡Claro! ¿Por qué crees que hacen falta cuatro
personas?
Y ya lo creo que hacían falta. No tengo ni idea de lo que pesaría la mayor, pero desde luego un chorro de kilos a los que había que añadir el peso de la enorme antena de madera. Deduzco que el inventor de la botavara fue un tipo muy ocurrente, y muy vago, que estaba harto de levantar la percha y decidió dejarla abajo y subir solo la lona. Apruebo el cambio, se lo juro.
Un cuarto de hora después, todavía estábamos izando al compás de la canción "Uno, dos, arriba... Uno, dos, arriba...". Mientras, otro sector de la tripulación ya había izado el foque y empezábamos a sentir el escaso pero agradable empuje del viento. Al terminar de izar, David me contó que antiguamente los cabos se engrasaban para que discurrieran mejor por las poleas de madera, pero que, ¡claro! Si éstos estuvieran engrasados ahora estaríamos hechos unos cerdos. Así que la primera lección del día es: si asumes el tipo de navegación de hace cien años, mejor que asumas también las "modas" de entonces. Y si no, sufre y tira de cabo como un cabroncete. Tomamos la salida bastante bien, con un través muy largo hasta la primera boya. El recorrido era un rectángulo en el que tendríamos un través amurados a estribor, luego una ceñida hasta la segunda boya, otro través amurados a babor, una empopada y un descuartelar hasta cruzar la línea de llegada. El espectáculo de la salida con toda la flota de vela latina era magnífico. Por momentos daban ganas de gritar "Al abordaje" y hacer bailar a los desgraciados tripulantes del barco tomado en la punta del tablón. No se crean que esto me pasa en todas las regatas. Sólo en ésta.
El barco iba ganando inercia y tuve que empezar a comerme mi escepticismo. El San Isidre navegaba mucho más de lo que creía. Y ese era el rumbo malo porque la vela estaba a barlovento del mástil y no podía adoptar una buena forma. El ambiente a bordo era de lo más festivo. Ibamos 25 personas entre hombres, mujeres y niños. Una recua de chavales corría por cubierta jugando a esconderse. Las bolsas de patatas fritas y aceitunas empezaron a correr acompañadas de latas de cerveza. Vamos, como muy de regata, ya me entienden.
Pasamos la primera boya. Ahora tocaba una ceñida hasta la segunda. Teniendo en cuenta el escaso viento que nos empujaba, el patrón quiso hacer un bordo muy largo antes de virar. En ésto aparece un barco todo lleno de cámaras de televisión y fotográficas. Lo admito, soy un presumido. Aún más, soy asquerosamente presumido. Todavía me atrevería a decir que soy un repugnante chulito. Me puse en la banda de un salto, agarré la escota del génova y puse cara de saber mogollón y de que mi puesto era fundamental para ganar. No sé por qué siempre hago estas niñerías, y el caso es que me encantan. Con las chicas me pasa lo mismo, en cuanto veo una me falta tiempo para hacer el ridículo. No sé, me habían dicho que se pasa con la edad, pero ya he superado ampliamente los treinta y soy aún peor que a los quince. Bueno, pues eso, sonrisa de campeón, saludito a la afición, no se preocupen, todo está bajo control, el espectáculo está asegurado, no os defraudaremos, etc, etc...
Y llegamos al punto de la virada. ¡Ay, las ladinas viradas latinas! Ciclópeo esfuerzo el del intrépido marinero que vira por avante en estas carracas.
- Todos preparados, lista la escota de mayor, lista la escota de génova... viramos... listos para acuartelar el génova (porque sin la ayuda del génova estás listo, amigo), cazar burda de sotavento... tranquilos que aún estamos virando... acuartelar la proa de la mayor... seguimos virando... peso a barlovento...
Y nada, oye, que no viramos ni a la de tres. El barco empieza a perder arrancada y nosotros cara al viento como el Babieca del Cid. Llevábamos invertidos más de dos minutos en la virada.
- Abortar la maniobra, vamos a trasluchar. Pasar el génova otra vez a sotavento... timón a estribor... abrir velas... trasluchamos ¡cuidado con las cabezas! (que nooooo, que aquí no hay que tener cuidado con la botavara, seguramente ésto es lo único bueno de tener la percha arriba).
Realmente se notaba la diferencia en cuanto la vela adoptó forma. En el bordo bueno el barco sí que andaba bien. Menos mal que habíamos hecho un bordo largo, de ese modo pudimos compensar todo el barlovento perdido en la virada fallida y pasamos la segunda boya a medio metro escaso del casco. Nos pusimos de nuevo al través a por la tercera boya.
- ¿Dónde está el Barracuda? - David se me acercó
señalando otro barco un poco más pequeño que el nuestro.
- Aquel barco es de unos italianos. Son muy buenos. Y ese otro es
de Murcia, tienen fama de ser un poco tramposos. Y mira aquél lleva
el aparejo típico de Menorca. Y aquél con la mesana pequeñita
es de influencia británica....
El tío era una enciclopedia viva sobre vela latina. Me hizo una relación de todos los barcos de la flota. También me contó que editaba una revista sobre el tema (no recuerdo el nombre, es que estaba todo en catalán) y que la mantenía gratis a base de hacer publicidad. Yo alucinaba por un tubo, todavía te puedes encontrar elementos así, bohemios de la vela, que uno no sabe de qué viven pero que ahí están. No contento con la envidia que me daba ya, encima va y me presenta a su novia que estaba... ¿cómo les diría yo?... muy potxola que dicen por aquí (por Euskalherría quiero decir). Pero eso ya es otra historia.
Ya teníamos la tercera boya encima, la ciabogamos sin problemas y dimos popa al viento. En la empopada el foque dejó de ser útil, la mayor lo tapaba por completo. Uno de los tripulantes, uno con el que aún no había hablado, de edad totalmente indefinible, pongamos entre treinta y sesenta años para no quedarnos cortos, me largó una perorata de la que no entendí absolutamente nada.
- ¿Tú no hablas catalán?
- Pues no, mi comodoro (el hombre usaba una gorrita de esas tan
monas que se lucen en los clubs, yo llevo años pidiendo una por
reyes pero se ve que, o no soy bueno, o los reyes no se dan por enterados,
porque sigo llevando la cabeza al descubierto). Yo es que no soy de aquí
¿sabes? estoy invitado.
- Ah perdona, hombre, pues ya te lo digo en castellano. Te decía
que en la empopada se suele llevar la antena horizontal y la vela hace
un dibujo muy bonito, como un triángulo.
- ¿Ah sí? ¿Y no es mejor mantener un pujamen
horizontal y la antena oblicua?
- ¡No hombre! Si precisamente el problema de la vela latina
es que con el balanceo puedes meter la antena en el agua y desarbolar el
barco.
¡Jolines! Allí estaban todos más puestos en vela latina que la leche. Y yo venga a hacer preguntas tontas. Me volví con Jordi y Clara. Por lo menos con ellos repartiría parte del bochorno cada vez que metía la pata. Doblamos la cuarta boya y empezamos a ceñir rumbo ya a la línea de llegada. No habían pasado ni cinco minutos cuando oí una voz.
- ¡Eh, ya están ahí los del bocadillo!
Una lancha se nos acercaba lentamente. A bordo, un honorable vejete
nos preguntaba a grito pelado:
- ¿Cuántos sois?
- ¡Veinticinco!
- ¡Vale, allá va esa caja!
Y allí estaban, damas y caballeros. Veinticinco paquetes de Pans & Company con un bocadillo de jamón y queso y un botellín de agua cada uno. Jordi se me queda mirando de hito en hito y me dice:
- ¡Oye Germantxu! Yo como no he estado en regatas, no sé,
pero... ¿esto es lo habitual?
- Pues mira Jordi, yo sí he estado y te juro que es la primera
vez que veo que en mitad de la regata aparece un chinchorro repartiendo
bocatas.
Normalmente no tenemos tiempo ni para comernos los que nos hacemos nosotros mismos...
El resto de la tripulación, en cambio, parecía estar muy acostumbrada. Allí mismo atacaron las provisiones y para cuando empezamos la segunda virada ya se habían zampado hasta la última miga. Yo rebusqué un poco en mi paquete a ver si había algo de postre, pero no, se ve que el presupuesto de la conocida compañía alimenticia no llega para tanto. Justo el bocata y el agua.
La segunda virada sí que tuvo éxito. Sólo tardamos tres minutos, y además viramos a la primera. Y el resto fue ceñir tranquilamente hasta la línea. Tras pasarla hubo gritos, silbidos y apretones de manos al son de la sirena del barco del comité de regata.
Pero no se crean que ésto acaba aquí. Si subir la vela fue una hazaña, bajarla no fue menos. Y si no me creen se lo preguntan a Kiko, que tuvo que subir al palo y empezar a saltar sobre la antena para ayudarla a bajar. Vamos, que como para tomar rizos son maretón de fondo. Y el tío encima se reía, todo henchido del sano orgullo del armador. Finalmente atracamos en Mataró y, cómo no, fue terminar la carrera para empezar el jolgorio de después. Les juro, mis queridos lectores, que no he visto una entrega de premios más larga en toda mi vida. Hubo premios para todo: a la embarcación más rápida, a la más lenta, a la más antigua, a la más moderna, a la más grande, a la más pequeña, a la más bonita, a los nuevos materiales, a los barcos extranjeros... en fin, a todos, porque estoy seguro de que nadie se quedó sin su premio (y alguno hubo que repitió). Todo ello regado, por supuesto, con cava y tropecientos kilos de sardinas en la regata final "Trofeo de la Sardina de Oro al Tragón Latino". Sinceramente, no sé ni en qué puesto quedamos porque para cuando dieron los premios a embarcaciones de más de siete metros, yo ya estaba montando el espectáculo (típicamente vasco, por cierto) de meterme una docena de sardinas en la boca a la vez, mientras intentaba mantener el equilibrio al borde del muelle, que no dejaba de moverse (o quizá fue el cava que empezaba a hacer efecto, no recuerdo muy bien, todo se confunde en una extraña neblina onírica), y claro, pues no me enteré del resultado. Pero no importa, se lo preguntáis a Clara que fue la única que supo mantenerse en su sitio (sí Jordi, tienes que admitirlo, por mero respeto no voy a decir qué hacías tú mientras yo sujetaba la pared de Capitanía del puerto pero desde luego no era nada bueno).
No ha sido la competición más intensa en la que participado,
ni tampoco la más difícil, pero les voy a decir una cosa:
en la próxima regata, que se celebrará en Cadaqués
en septiembre... ¡QUE CUENTEN CONMIGO!